Pues resulta que escribo esta entrada el 26 de Octubre de 2014, sin saber si algún día la publicaré o simplemente permanecerá en el olvido de mi disco duro para siempre.
No es que no quiera hacerla pública, ni que la escriba por escribir (aunque un poco sí), lo que sucede es que aún hoy no estoy seguro de si daré apertura a este blog que estáis hoy leyendo.
Así que los motivos de ponerme ahora y no una vez que me haya decidido a abrirlo son dos.
Por un lado, el aburrimiento extremo que me invade en esta oficina, en la que gran parte de los días mi trabajo oscila entre leer las noticias diarias, escudriñar los misterios del Universo, escondidos tras las manchas de las paredes, o decidir si venirse hasta Arabia para no hacer nada merece realmente la pena.
Por el otro, mis evidentes problemas de memoria. Es posible que si intentase escribir sobre el tema dentro de un mes, tuviera que realizar un arduo trabajo de investigación para recordar incluso los nombres de los protagonistas, por lo que digamos que mi opinión, análisis o llámenle como quieran no valdría ni la tinta con la que está escrito.
Como os podéis imaginar, no iba a ser menos. Me encantan las series. Puedo pasarme horas de sábado y domingo, o viernes y sábado aquí en Arabia, viendo un capítulo tras otro.
Un adicto, como muchos de vosotros, merecedor de pertenecer a este ilustre club.
Todo viene de la época en la que de verdad me pasaba el día en la oficina, llegando a casa para cenar y poco más, sin tiempo ni ganas de ponerme a ver algo tan extenso como una película. Y, dado que nunca he sido de ver la televisión normal, ya dispusiera de tiempo infinito, pues me pasé a las series allá por la época de Prison Break o Héroes, enganchándome irremediablemente hasta el día de hoy.
De esta manera, ahora que dispongo de horas y horas libres, o mejor dicho, de aburrimiento, sigo dedicando ingentes cantidades de tiempo a este vicio, mientras que el destinado a películas continúa siendo, en comparación, marginal.
Así que me encontraba en uno de estos momentos de aburrimiento, pensando en alguna nueva serie que no fuera muy densa, ni recién empezada, con apenas capítulos que poder ver, ni de las más famosas, pues estas las prefiero dejar para verlas con mi mujer, cuando por pura casualidad, leo sobre la que nos ocupa hoy.
Jamás había oído hablar de ella, ni bien, ni mal, lo cual es sorprendente dado el tiempo que lleva en el mercado (va por la cuarta temporada) y la de blogs que suelo leer sobre el tema.
Pensé que sería horrible, habiendo pasado tan desapercibida, pero, aún así, debo de reconocer que me decidí rápido a comenzar a verla. Esto se debe a que uno de sus dos protagonistas es Patrick J. Adams, quien nunca me había aportado nada como actor, pero cuya fugaz aparición en mi querida Friday Night Lights me hizo intuir que se merecía una oportunidad.
De esta manera, y gracias a esta cuestionable referencia, comencé a verla, por supuesto, sin esperar demasiado de ella. Tampoco es que quisiera una gran serie, yo sólo pretendía encontrar algo entretenido para cuando mi mujer se marcha a dormir temprano y yo me quedo en el sofá un rato más esperando a que me entre sueño. Es decir, esa serie a la que le das al pause vaya por donde vaya, te subes a la cama, y continúas viéndola al día siguiente por donde la dejaste.
Y así fue durante gran parte de la primera temporada, cumpliendo con lo esperado. Los protagonistas no desentonaban, pero tampoco eran desarrollados más allá de lo necesario. Personajes planos, sin más. Una serie entretenida y punto, sucediéndose un caso tras otro en cada capítulo, girando todo en torno a la relación de ambos protagonistas. Porque no lo he contado, pero la serie va de abogados, de esos súper ricos, guapos, inteligentes y ocurrentes, a la vez, que fríos y carentes de sentimientos.
De esos que te hacen sentir como si tus conversaciones diarias estuvieran varios puntos de inteligencia por debajo de la de ciertos especímenes de seres humanos y tu forma de vestir cercana a la de un sin techo.
A eso hay que sumar el inverosímil comienzo, en el que el joven descarriado Mike Ross (Patrick J. Adams) consigue entrar de forma rocambolesca en un prestigioso bufete de abogados, como asociado y ayudante personal del gran Harvey Specter (Gabriel Macht), quien jamás ha perdido un caso. Todo ello sin haber ido a la universidad, ni claro, ser abogado.... ni mucho menos licenciado en Harvard, como es requisito en dicho bufete.
Parecía que había acertado, encontrado lo que buscaba con esta serie... ¡Misión cumplida!
Sin embargo, de buenas a primeras, con el comienzo de la segunda temporada, se abre un abanico mayor de personajes. No es que no hubieran existido antes, al menos en su mayoría, simplemente es que pasan de ser meros entes pululando por el escenario sin personalidad ni peso en la serie, a ser personas reales, con un calado importante en la trama y, al fin y al cabo, en el espectador. Sus vidas, tanto personal como profesional, son creíbles, con sus conflictos, sus ambiciones y debilidades, constituyendo una interesante coreografía, donde no sólo sus dos protagonistas resultan atractivos para el guión.
Estos personajes son interesantes, sólidos y queridos u odiados, pero fundamentales para el devenir de la serie. Ya los casos en sí no lo copan todo. Están ahí, pero en muchas ocasiones, resultan más atractivas las conspiraciones, intrigas, amores, odios y, claro está, la constante tensión que vive Mike Ross intentando que nadie en el bufete o fuera de él averigüe su fraude, con la inestimable ayuda de su jefe, Harvey Specter, a quien no le queda otra, pues lo supo desde el día que lo contrató.
De esta manera, Suits dejó de ser esa serie para dormir, la que no da pena dejar a mitad un día sí y otro también, y se convirtió en una grata sorpresa, de las más inesperadas de este año.
El guión mantiene un buen tono, y supo salir a tiempo de la monotonía inicial creada por la mera sucesión casos. A esto hay que sumar el papel de todos sus actores, no sólo los protagonistas, que raya a buen nivel.
Es la unión de estos factores la que ha dado lugar a ciertos personajes que se antojan fundamentales, sin los cuales no cabría imaginarse el futuro de esta serie.
Y sobre todo, personalmente hay dos que me encantan y quisiera destacar. Donna Paulsen (Sarah Rafferty), la mordaz secretaria de Harvey Specter, y Louis Litt (Rick Hoffman), el despiadado y odioso tutor de los asociados junior y "enemigo" de Harvey Specter.
He de confesar que Rick Hoffman ha resultado ser una sorpresa con mayúsculas, dando verdaderas lecciones de interpretación que ni podría haber imaginado en un actor tan desconocido. Valga el siguiente vídeo como ejemplo...
En definitiva, estamos ante una buena serie, mucho mejor de lo imaginable en un principio, que sigue creciendo día a día, y que ya se encuentra a un nivel muy alto.
No es The Good Wife, eso está claro... ¿pero quién lo es?
Yo, desde luego, estoy deseando ver una nueva temporada, y espero que alguno os animéis y le deis una oportunidad. Sólo hay que aguantar los dubitativos primeros capítulos, porque luego merece mucho la pena.
The Captain



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